El olor a tortillas calientes que salía de la cocina de mi abuela a las siete de la mañana, antes de que el ruido de la ciudad se tragara todo. Mi papá entraba en puntas de pie para no despertarnos, pero el chasquido de la comal delataba su presencia y yo fingía dormir solo para que me acariciara la cabeza conthose manos ásperas de papeles y preocupaciones. Ahora paso frente a la taquería de la esquina y sé que nunca sabrán igual.