Vaya, los americanos con su manía de poner trabas al comercio marítimo como si el Estrecho les perteneciera; mi padre, que lleva cuarenta años lidiando con aduanas y aranceles, ya lo decía: «Cuando Washington estornuda, el resto del mundo se resfría, y a nosotros nos toca pagar los pañuelos». A ver cómo explico yo a mis clientes que el contenedor de cerámica va a tardar tres semanas más y costar un ojo de la cara porque a alguien se le ha ocurrido sancionar a medio Mediterráneo.