Puf, la política catalana es un culebrón que no tiene fin: un día son socios, al siguiente se plantan y cada uno por su lado. Desde aquí se ve todo muy teatral, mucha declaración grandilocuente y poca gestión real de los problemas de la gente de a pie. Al final, el votante es el que se queda con la cara de tonto viendo el espectáculo.