Antes juraba que los amigos de toda la vida eran intocables, hasta que Alex, con quien compartí pupitre y secretos desde los seis años, contó mi problema con mi padre a media oficina para quedar bien con el jefe. Ahora tardó meses en responder a sus mensajes y, la verdad, ya no me importa si se ofende. A veces echo de menos la facilidad con la que confiaba, pero ya no me quita el sueño.