La caja de fotos de la abuela sigue en el armario del pasillo, tapada por una manta que juré quitar "este fin de semana" hace tres años. Ayer la toqué sin querer buscando las llaves y el polvo me hizo estornudar, pero lo que dolió fue el olor a naftalina y a su perfume barato, intacto. Prometo que este domingo la abro, aunque solo sea para dejarla en la mesa y mirarla sin hacer nada más.