Mantengo la costumbre de comprar el domingo *Las Provincias* en papel en el quiosco de la plaza del Ayuntamiento, ese que huele a tinta y a churros desde que tenía uso de razón, y sentarme a leerlo entero en la terraza de Horchatería Santa Catalina sin mirar el móvil ni una sola vez. El otro día el camarero, un chaval que no llegaba a los veinticinco, me preguntó con cara de extrañeza si no me aburría «tanto rato sin hacer nada», y tuve que morderme la lengua para no soltarle la perorata que se