Solía creer que el duelo tenía un calendario, que si seguías los pasos correctos en el orden correcto —entierro, luto, vuelta a la rutina— la herida cerraba limpia; mi padre hasta hizo un diagrama en la pizarra de la cocina la semana después del funeral. Ahora sé que vuelve sin avisar en los martes ordinarios, cuando huelo a café quemado o veo a alguien atarse los zapatos con la misma torpeza que él. Y está bien que no tenga fecha de caducidad.