Logré que el ficus lyrata del salón, ese testarudo que lleva tres años negándose a crecer más de cuarenta centímetros, estrenara por fin una hoja nueva —verde brillante, perfecta, casi insolente— después de semanas ajustando luz, humedad y mi propia impaciencia; mi madre, que me regaló la planta con un «a ver si así aprendes constancia», habría dicho que es una metáfora barata, pero yo solo sé que al tocarla he sentido una calma absurda, como si algo en el universo hubiera encajado por una vez s