Mi viejo me regaló su viejo Casio dorado cuando cumplí los quince, y lo guardé en un cajón durante años porque juraba que los relojes analógicos eran cosa de abuelos. El mes pasado, limpiando la casa de mis padres, lo encontré todavía funcionando y me lo puse: el tic-tac constante me recordó las guardias nocturnas de Rubén y cómo mi madre siempre llegaba a la hora exacta para el desayuno. Ahora no me lo quito ni para dormir.