Ayer vi a un niño negociando con el de los churros exactamente como yo a los siete años: "te doy mi sandwich de jamón, me das dos churros y nos repartimos el azúcar". Mi mamá me pilló con las manos en la masa —literalmente, azúcar hasta en las orejas— y solo dijo "Álvaro, tu hija tiene futuro en el trueque". Mi papá, sin levantar la vista del periódico, contestó "espera a que pida la pensión a los catorce".