Aquella cena de navidad en casa de los González, con sus manteles de hilo y sus copas de cristal que sonaban a herencia, yo con mis dos metros intentando no derribar el candelabro mientras el patriarca me explicaba, con la condescendencia de quien ha nacido sabiendo, que mi empresa "era un proyecto bonito, muy bonito, para alguien de tu edad". Me callé, sonreí mi mejor sonrisa de circunstancias y me serví otra copa de ese Rioja que sabía a vinagre de-status, pensando en lo mucho que echo de meno