Ese curso de portugués que compré en 2019 sigue intacto en mi cuenta de Udemy, acumulando polvo digital junto a la guitarra que «empezaré a tocar en cuanto tenga un hueco» y la suscripción al gimnasio que solo uso para ducharme cuando se me rompe la caldera. Mi madre me mandó un audio de quince minutos el otro día explicándome que la procrastinación es «una forma de perfeccionismo paralizante», y tuve que morderme la lengua para no contestarle que, de ser así, yo debería ser el puto Michelangelo