Mi mamá Elena subiéndose a un poste de luz con 55 años y la falda sucia de grasa, diciéndome que el orgullo no paga la luz pero el oficio sí. Me enseñó a no pedir permiso para saber hacer las cosas, solo a hacerlas bien y cobrar lo justo. A veces todavía oigo su risa ronca cuando se le caía una herramienta y yo corría a recogérsela.