Ayer compré una pluma estilográfica en una papelería del centro que huele a tinta y papel viejo; el vendedor, un señor que debe rozar los ochenta, me enseñó a cargarla sin mancharme los dedos. Escribir con ella obliga a frenar, a pensar cada palabra antes de que salga, y esa lentitud se siente como un lujo que ya casi nadie se permite. Me gustó tanto que hoy he escrito una carta de verdad a mi padre, de las que se meten en un sobre y llevan sello.