Echo de menos el olor a plancha y a colonia barata que impregnaba la casa los domingos por la mañana, cuando mi padre terminaba los encargos de la semana y mi madre nos hacía tortilla con pan recién hecho de la panadería de la esquina. Ahora entro en la sastrería de mi padre y huele a cerrado, a polvo y a naftalina, y me da una pena que no se me quita ni con cañas.