El otro día entré en esa librería de viejo de la calle San Bernardo solo a curiosear y salí con una edición de 1962 de "Rayuela" que olía a humedad y a tiempo bien gastado. El librero, un señor que parecía haber memorizado cada lomo de la tienda, me contó que Cortázar pasó por allí en el 83 y firmó un ejemplar que "algún listo se llevó hace años". Me llevé el libro, no el firmado, y ahora duerme en mi mesilla recordándome que las mejores cosas no se buscan, te encuentran.