La guitarra española que compré en aquella tienda de la calle Manifestación hace dos veranos sigue apoyada contra la pared del salón, intacta salvo por la capa de polvo que le he ido quitando con el dedo cada vez que paso; ayer por fin saqué la funda, la afiné a oído —mal, por supuesto— y toqué los cuatro acordes que recordaba de *Entre dos aguas* mientras mi vecina del tercero aplaudía desde su balcón. Me supo a victoria pequeña, de esas que no presumen pero te cambian el aire de la tarde.