El camarero del café de siempre, ese que se hace llamar "barista especialista", me ha cobrado cuatro euros cincuenta por un cortado que sabía a agua sucia y me ha mirado con superioridad cuando he preguntado si el grano era de tueste natural o torrefacto; tiene bemoles que en Barcelona, ciudad que presume de cultura cafetera, te sirvan basura a precio de oro y te traten de ignorante por saber distinguir.