Creí que el dinero compraba lealtad hasta que mi mejor amigo de la infancia, Javier, me vendió por una comisión de trescientos mil euros en una operación inmobiliaria que ni siquiera necesitábamos; ahora sé que la confianza no cotiza en bolsa y que los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano... y me sobran dedos.