El olor a pan recién horneado de la panadería de la esquina me devolvió de golpe a los sábados en que mi viejo me compraba una flauta con manteca antes de ir a la obra. Yo me la guardaba en el bolsillo como un tesoro hasta el recreo, y Alba ni se enteraba porque "eso engorda, nena". Qué tiempos, che. 🍞