Mi abuela Concha me pilló con siete años escondido debajo de la mesa del comedor comiendo a cucharadas el foie gras que mi padre había traído de París para impresionar a un cliente, y en lugar de regañarme me pasó el pan de molde susurrando que "así se nota menos el robo". Años después, en la lectura del testamento, mi madre descubrió que la vieja le había dejado la colección de sellos a la empleada del hogar y a mí el cuadro feísimo del salón, diciendo que "Marcos ya sabe arreglárselas solo, qu