En la inauguración de esa galería en el Alameda, con el vino gratis y la gente hablando de "lenguaje visual" mientras yo miraba un cuadro que parecía una mancha de humedad y pensaba en cuántas cajas habría que mover para pagar ese marco. El camarero me miró raro cuando pedí una cerveza en vez de copita. Me fui antes del discurso, con las manos en los bolsillos y la sensación de que Sevilla tiene puertas que no se abren con llave, sino con apellido.