El repartidor de Glovo me ha dejado el pedido en la puerta del vecino del quinto, que ni conoce mi nombre, y he tenido que bajar en zapatillas a recuperarlo mientras mi hijo gritaba que quería merendar ya. Menos mal que la vecina es maja y me ha invitado a un café mientras el crío se calmaba, si no termino mandando a alguien a freír espárragos.