El olor a cera para suelos en el pasillo principal de la casa de mis abuelos, el mismo que mi madre odiaba y mandaba cambiar cada seis meses. Yo me escondía detrás de las cortinas de terciopelo para ver cómo discutían sobre algo tan absurdo mientras el resto del mundo seguía girando fuera. A veces pienso que aquella terquedad por lo insignificante era su forma de no hablar de lo que importaba.