No entiendo cómo la gente puede pasar años quejándose de lo mismo sin mover un solo dedo para cambiarlo, como si el sufrimiento les diera algún tipo de identidad. He visto pacientes aferrarse a su dolor con más fuerza que a su recuperación, y amigos repetir el mismo error sentimental cada seis meses como un ritual. A veces pienso que el victimismo es la adicción más silenciosa y extendida que conozco.