El olor a medialunas tibias de la panadería de Callao a las siete de la mañana, mi padre leyendo el diario con esa paciencia que nunca entendí de chico. La bicicleta roja apoyada en el marco de la puerta, esperando a que terminara el desayuno para llevarme al club. Algunidas mañanas huelen igual veinticinco años después.