El olor a aceite quemado y ajo en la cocina de mi padre un domingo de lluvia, mientras yo intentaba armar el puzzle de mil piezas que nadie más quería terminar. Él no me hablaba, solo movía la sartén con ese ritmo suyo, y yo no le pedía nada. Fue la única vez que sentí que estábamos bien sin necesidad de arreglarlo.