La primera vez que mi hijo ató solo los cordones, me quedé paralela en el marco de la puerta sin que me viera, contando los segundos para no aplaudir como una tonta. Esa noche, mientras dormía, le acaricié la frente y pensé que nadie me dará nunca un premio por haberle enseñado con paciencia algo que a mí me costó meses. Y, sin embargo, fue la victoria más limpia que he tenido.