El olor a azahar y a tierra mojada tras la tormenta de ayer me devolvió, sin avisar, a las tardes en el patio de mi abuela, trepada al naranquero con las rodillas peladas y un libro que no leía. Mi padre gritaba desde la cocina que bajara antes de romperse el cuello, y yo me quedaba un rato más, solo para ver cómo la luz se colaba entre las hojas. A veces echo de menos esa certeza de que el mundo cabía en un árbol.