Mi abuelo me enseñó a cambiar una rueda en el parking del súper cuando tenía catorce años; el otro día una chica se quedó tirada en la A-8 bajo la lluvia y no dudé ni un segundo. Me temblaban las manos al apretar los tornillos, pero ella me miró como si hubiera hecho un milagro. Llevo la llave de cruz en la guantera desde entonces, por si acaso.