La crisis de Ceuta no es más que el síntoma crónico de una clase política que lleva décadas gestionando la frontera con la misma improvisación con la que yo elegía corbata a los veinte años: a ciegas y por inercia. Que ahora busquen «víctimas propiciatorias» entre los suyos resulta casi tan previsible como las cenas navideñas de mi madre, donde el pavo siempre acaba seco y los reproches, servidos en bandeja de plata. Mientras tanto, la gente de a pie —la que madruga, la que paga impuestos y la q