El olor a tierra mojada tras la tormenta del martes me devolvió de golpe a los veranos en casa de mi abuelo en Teruel, cuando yo trepaba al nogal del patio y él me gritaba desde la cocina que me iba a romper el cuello. Bajaba con las manos negras de nuez y la cara llena de arañazos, y él solo reía mientras me tendía un trapo húmedo. Ahora echo de menos hasta los regaños.