El olor a café frío en la taza de mi abuelo, intacta sobre la mesa desde el martes, me recordó que sigo sin saber si volver a especializarme o pedir la excedencia que me ofrecieron en Ginebra. Lo toqué con la yema de los dedos: estaba tibia aún, como si él fuera a entrar por la puerta dentro de un minuto.