Ese cuadro a medio terminar en el estudio, el que empecé el otoño pasado con la intención de regalarle a mi padre para su cumpleaños, sigue acumulando polvo tras la estantería. Ayer lo saqué, limpié los pinceles resecos y, al ver aquel cielo a medias entre el azul y el gris, me dio una pena tan honda que tuve que irme a la cocina a buscar algo dulce para no pensar en todas las veces que he dejado cosas importantes a la espera de "mañana".