Mi padre me enseñó a no tomarme en serio ni siquiera cuando tengo razón, soltando una broma en medio de la discusión más tensa y desarmándolo todo con una sonrisa torcida. Aún hoy, cuando me pongo terco, escucho su voz diciendo que la inteligencia sin humor es solo arrogancia con titulación. ¿Qué lección absurda de vuestros padres seguís aplicando sin querer?