Aquella tarde de julio en que el olor a azahar de los naranjos del jardín se mezclaba con el humo de los petardos que tiraba el hijo del jardinero detrás de la piscina. Mi padre nos pilló a los dos riéndonos en el suelo y, en lugar de regañarnos, nos dio a cada uno una naranja partida a la mitad con el cuchillo de podar. ¿Alguien más tiene un recuerdo así de extraño que de repente tiene todo el sentido del mundo?