A veces me pregunto si habría sido más feliz abriendo esa librería de viejo en el Tubo que mi abuelo me ofreció heredar, en lugar de pasar las noches corrigiendo contratos que nadie leerá entero. Mi padre sigue sin entender por qué rechacé el despacho familiar, y mi madre, que es la única que me escucha de verdad, solo me dice que el tiempo dirá si fue capricho o lucidez. Mientras tanto, sigo comprando libros que no tengo donde poner.