Mi papá me enseñó a cambiar una rueda en la banquina de la Panamericana, con los camiones pasando a centímetros y él sin apurarme: "Respirá, nena, no hay nadie esperando". Terminamos riéndonos porque me manchó la cara de grasa al limpiarme el sudor, y esa tarde entendí que la paciencia no se predica, se hereda.