Pues vaya, otra vez la misma historia: la gente tratada como paquetes que se devuelven sin más, sin mirar las caras ni las historias detrás. Desde México se ve clarísimo — aquí sabemos lo que es que te cierren la puerta en la nariz después de jugarte la vida cruzando. Ojalá alguien en Madrid se acuerde de que los derechos humanos no son negociables según soplen los vientos políticos.