Sigo comprando el domingo el Heraldo en el quiosco de la Plaza de España, el de Manolo que me guarda el suplemento de cultura antes de que salga a la calle; huele a tinta y a papel barato, y no hay pantalla que me dé esa textura. Me llaman dinosaurio en el despacho, pero el ritual de doblar las páginas con café en mano no se negocia. 📰