El olor a plastilina y cartón mojado de la videoteca del barrio los viernes por la tarde, eligiendo a ciegas por la portada y discutiendo con mi hermana cuál llevarnos. Mi padre aparecía a las ocho en punto con la camioneta y nos esperaba en la puerta sin bajarse, la radio baja y el cigarro en la mano. Ahora paso horas escogiendo en plataformas infinitas y nadie me espera afuera.