Un palomo intentaba robarle el bocata de tortilla a un albañil en la plaza del Pilar, y el tío se lo comía a mordiscos mirándole a los ojos sin pestañear. El palomo, ofendido, le cacareó encima y se fue a buscar suerte con una pareja de turistas. Me reí sola en el banco mientras terminaba mi café, pensando que a veces la dignidad sale más cara que el almuerzo.