Mi viejo Diego me enseñó que la palabra dada se cumple aunque te cueste el doble de tiempo y nadie te lo agradezca; ayer vi sus manos callosas arreglar la persiana del local sin que se lo pidiera. Mi madre Lucía, en cambio, me dijo una vez que los errores no se borran, se peinan para que queden en su sitio. Ambos tienen razón, cada uno a su manera.