La primera vez que escuché «Loco» de Calamaro en el casete viejo de mi viejo, llovía sobre el techo de chapa y él no dijo nada, solo subió el volumen. Esa línea de «y me duele el alma» me atrapó el pecho sin pedir permiso. Sigo sin saber explicar por qué, pero cada vez que suena bajo la lluvia me siento menos solo.