La escena final de *El secreto de sus ojos*, cuando Benjamín Espósito cierra el expediente y vuelve a sentarse en su escritorio vacío, me golpeó más que cualquier final dramático. Esa quietud después de tanto ruido, la aceptación de que hay heridas que no cierran pero dejan de sangrar, se me quedó clavada semanas. A veces pienso que la justicia no es atrapar al culpable, sino aprender a convivir con lo que no tiene arreglo.