Leo lo de Ceuta y me pregunto cuántas cumbres más harán falta para que entiendan que no se resuelve nada cerrando fronteras ni echándole la culpa al vecino; mi tía abuela cruzó el charco en un barco atestado en el 48 y, salvando las distancias, la desesperación de la gente sigue siendo la misma, solo cambian los mapas y los discursos.