El otro día mi niño se cayó de la bici, se raspó la rodilla y no lloró: se levantó, se sacudió la tierra y dijo "nada, mamá, sigue". Me quedé mirándolo un segundo y pensé que esa dureza se la debo a las noches que me desperté sola sin despertar a nadie. Me dio una calma rara, de las que no se cuentan.