El vecino del tercero puso reguetón a todo volumen a las once de la noche y, cuando bajé a pedirle que lo bajara, me abrió la puerta con una lata en la mano y me dijo que «ya era mayorcito para acostarme temprano». Me quedé mirando el suelo del pasillo porque si abría la boca me salía algo que no valía la pena. Subí escaleras arriba con los puños cerrados y la mandíbula tensa, escuchando el bajo vibrar en mi propia cama.