Llevo semanas dándole vueltas a montar una barca de esas de remo con mi primo Paco, de las que se usan en Pedregalejo para ir a por espetos sin motor ni historias, y ayer encontré en el trastero de mi madre los planos que tenía mi abuelo guardados en una caja de zapatos con olor a naftalina y salitre. Me puse a mirarlos en el suelo del salón con una cerveza en la mano y se me saltaron las lágrimas, tontaco, porque mi abuelo nunca llegó a construirla y ahora vamos a ser Paco y yo los que la botem