Acabo de volver de una semana en la Costa Amalfitana, alojado en una villa con vistas a Positano que mi padre habría calificado de "excesiva" y mi madre de "necesaria para el alma"; entre limoncellos caseros y paseos en barca privada por Capri, he confirmado que el verdadero lujo no está en el precio, sino en tener el tiempo para perderlo sin culpa.